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Por
qué no ecoaldeas
Un espacio
amplio para una comunidad difusa
Por Ulyses
Índice
La comunidad electiva o intencional
Cada vez más gente empieza a cuestionarse el modelo de vida propio
de nuestra sociedad occidental, negándose a pagar el alto precio
de la libertad individual, que tanto jalean los defensores del capitalismo,
a sabiendas de que para la mayoría de nosotros (personas sin otros
recursos económicos que nuestro trabajo) tal idea no encierra más
que una trampa de dependencia a través del consumo y una obligación
de trabajar muchas horas diarias (sin duda más de las necesarias)
para beneficio de otros. Cada vez más gente se da cuenta de que
esta forma de vida sólo conduce al aislamiento (de casa al trabajo
y del trabajo a casa, con algunas horas de televisión por medio)
y a la pérdida de importantes valores humanos, como son la amistad,
el deseo de compartir o el trabajo colectivo y desinteresado. Cada vez
más gente se siente a disgusto con unas rutinas que no han elegido,
con una casa que no es más que un nicho en un enorme bloque de
nichos y en cuyo diseño y construcción no han podido participar,
con una ciudad que se deshumaniza a cada día con la reducción
de las zonas de convivencia y el aumento de los carriles para coches,
cada vez más grandes, cada vez más rápidos. Cada
vez más gente quiere recuperar el contacto con sus hijos, ahora
abandonados durante casi todo el día, y con sus amigos, y busca
desesperadamente espacios que posibiliten estas relaciones y otros ritos
de convivencia. Y cada vez más gente quiere saber qué se
puede hacer para cambiar todo esto.
Aunque la coincidencia es amplia en los síntomas, en la necesidad
de buscar alternativas reales al modelo de desarrollo que desde occidente
estamos imponiendo al mundo entero, las respuestas son, sin embargo, muy
variadas. De una manera simple, aunque suficiente para los propósitos
de este trabajo, se pueden señalar tres clases diferentes de disconformidad
que provocan algún tipo de respuesta: disconformidad política
y social, reivindicaciones ecologistas y crítica de la pérdida
de valores humanos y espirituales. Es evidente que todas ellas puedan
coincidir en una misma persona, o darse en ella en diferentes grados,
pero también es cierto que los partidarios de una u otra de estas
causas tienden a minusvalorar la importancia de las otras, haciendo de
su lucha particular un absoluto.
Todas las respuestas tienen, sin embargo, algo, y fundamental, en común.
Todas están recorridas por un mismo deseo que las coloca en una
igualdad de partida: acabar con el individualismo de la sociedad occidental
y buscar formas de vida más participativas, más comunitarias,
con mayor integración social y con el entorno, en las que podamos
alcanzar un desarrollo pleno como personas, como seres creativos que somos,
en las que nos sintamos protegidos en momentos de debilidad y dispuestos
a dar en momentos de fuerza. En definitiva, todas las respuestas reinventan
a su manera la noción de comunidad. Y por tanto, todas las experiencias
concretas de vida que se están llevando a cabo para presentar una
alternativa al sistema, sean en el campo o en la ciudad, sean bajo principios
ecologistas, de lucha social o motivados por la búsqueda de una
nueva espiritualidad, son formas de comunidad electiva o intencional,
diferentes por tanto de la comunidad tradicional que todavía se
da en el medio rural o en los suburbios de algunas ciudades. Se trata
de una comunidad electiva porque sus miembros eligen formar parte de ella
(no pertenecen a ella por nacimiento o coacción), intencional porque
existe una misma intención, compartida por todos, para vivir así
(la comunidad existirá en tanto que dicha intención perdure
y desaparecerá cuando tal intención desaparezca).
Los modelos de comunidad existentes
Aunque la necesidad de alternativas comienza a ser acuciante, dado el
aumento de "inadaptados" del sistema, aumentando con ello las
experiencias concretas en que se lleva a cabo una u otra forma de resistencia,
lo cierto es que las comunidades intencionales existen desde siempre,
sea como forma de resistencia al desvirtuamiento que de la religión
hacen las jerarquías –p.ej. muchas de las comunidades heréticas
de los siglos pasados, los cristianos de base...–, o como alternativa
igualitaria a una sociedad injusta y represiva –p. ej. los falansterios
de Fourier o las colectividades anarquistas de la República–.
Los motivos ecologistas son mucho más recientes, pero no menos
acuciantes. Tenerlos en cuenta resulta imprescindible para la perdurabilidad
(o como se dice ahora, sostenibilidad) de cualquiera de estas experiencias
y, en general, de la vida sobre el planeta. Las colectividades anarquistas
de la España republicana, y las que todavía persisten en
nuestros días, son un buen ejemplo de cómo se puede organizar
de manera diferente el tema de la propiedad, prescindiendo de la propiedad
privada, causante de las mayores desigualdades, y promoviendo formas de
propiedad colectiva y social. Nos enseñan también a prescindir
de las estructuras jerárquicas estancas, al poner en marcha formas
de participación horizontal y de decisión consensuada, tanto
en el ámbito político como social (en el trabajo, en la
escuela, etc.). Nos enseñan la necesidad de lograr una distribución
equitativa de la riqueza social, como única manera de garantizar
la convivencia, sin los recelos o envidias que produce la diferencia de
clases, etc. Sin embargo, presas de la trampa del progreso, no tuvieron,
y en algunos casos siguen sin tener en cuenta las negativas consecuencias
ecológicas (y en última instancia sociales, pues el deterioro
del entorno incide negativamente en la calidad de vida) del desarrollismo
a ultranza, y presas de una racionalidad cartesiana que considera al sujeto
únicamente como consciencia racional, no han sabido tratar el tema
de las afectividades irracionales e inconscientes que recorren el ser
humano y las relaciones que establece con los demás, cerrándose
en banda a las cuestiones espirituales y mostrándose incapaces
de tratar adecuadamente los procesos de convivencia grupal, reduciendo
los conflictos internos a un análisis puramente mercantilista (o
de ambiciones individuales).
Las comunidades terapéuticas y espirituales, por su parte, al menos
aquellas que no siguen a ningún gurú ni están regidas
por una estructura jerárquica predeterminada (que por lo demás,
son las únicas que merecen ser tenidas en cuenta en este artículo)
nos enseñan a cómo profundizar, más allá de
la razón, en un mundo de afectividades y sentimientos que está
en cada uno de nosotros y que compartimos con todos los seres humanos,
nos enseñan, con la puesta en marcha de diferentes técnicas
y con la celebración de determinados ritos, a ahondar en nuestro
ser profundo, a descubrir nuestro ser común, apacible a veces,
conflictivo en otras. Nos enseñan a aumentar nuestra autoestima
a través de un trabajo personal y colectivo, a crear corrientes
de fuerzas integradoras basadas en sensaciones, en sentimientos, en afectos.
Recuperan para nosotros las palabras Amistad y Amor. Sin embargo, inmersas
como están en una estructura social injusta, frustrante y represiva,
caen a veces en la trampa del asistencialismo, ayudando a las personas
a soportar mejor sus condicionantes individuales, sin cuestionar (ni hacer
que se cuestionen) los motivos reales de su situación, sin criticar
las estructuras sociales o políticas que propician tales estados.
E inmersas como están en una estructura económica injusta,
a veces olvidan que sus actividades contribuyen a dicha situación,
cayendo en un mercantilismo contrario a los ideales que quieren defender
(basta recordar a este respecto el así llamado "supermercado
psi", en el que se ofrecen, como en cualquier otro centro de consumo,
infinidad de técnicas y prácticas para "arreglar"
la vida de las personas).
Por último, las comunidades guiadas por motivos ecológicos,
aun recientes, empiezan a abrirse paso. El ecologismo nos ha abierto los
ojos sobre las nefastas consecuencias no sólo de la mayoría
de las actividades industriales emprendidas por el ser humano, sino también
de muchas de sus actividades familiares. Nefastas no sólo para
los demás seres vivos, sino para nosotros mismos, al afectar directamente
a nuestra salud, bien a través de la alimentación, bien
alterando las condiciones de vida sobre el planeta. Gracias a la lucha
ecologista se están, en unos casos recuperando, en otros desarrollando
tecnologías que minimizan los efectos de nuestra acción
sobre el medio. El ecologismo nos ha revelado también cómo
la mayor parte de las acciones humanas tienen una repercusión global
sobre el planeta y que, por tanto, la lucha ha de ser de todos. Desde
el ecologismo se insiste en que para que una comunidad sea sostenible,
es decir pueda perdurar en el tiempo conservando e incluso mejorando su
estado, es necesario introducir una serie de cambios en nuestras vidas
y en la forma en que producimos los alimentos y demás objetos necesarios
para vivir. Sin embargo, el ecologismo no siempre ha tenido en cuenta
las condiciones sociales de la producción ni se ha inquietado por
la distribución desigual de la riqueza social. Tampoco se ha planteado
si los cambios que exige son accesibles a todo el mundo, o en qué
manera lo son. Sólo desde la perspectiva de lo que se ha denominado
ecologismo social parece que estas consideraciones se empiezan a tener
en cuenta.
Ante estas diferentes perspectivas, y en la medida en que mucha gente
no se siente con ganas de liderar ningún tipo de lucha particular,
sino que reclama simplemente el poder acoplarse a estructuras tal vez
incipientes pero ya experimentadas, conscientes de la necesidad de cambiar
sus vidas pero sin ánimos para enfrentarse a lo desconocido, gentes
que participan en distinto grado de preocupaciones ecológicas,
sociales o espirituales y que quieren incorporarlas en sus vidas, no como
motivo de lucha o de resistencia, sino insertas en sus hábitos
y costumbres, no para hacer de ellas la justificación de sus vidas
pero sí para reforzar el movimiento emprendido por otros; ante
esta demanda de modelos sociales alternativos pero ya experimentados y
consolidados, es cuando surge la pregunta que da título a este
trabajo: ¿por qué no ecoaldeas? Dada la variedad de intereses
que se recogen bajo un mismo conjunto de preocupaciones y dada la infinidad
de maneras de llevarlos a la práctica, es claro que nos enfrentamos
a una comunidad necesariamente difusa en la que las coincidencias teóricas
de partida apenas si se reflejarán en la manifestación real
de cada comunidad concreta. Por eso se necesita un espacio teórico
amplio que de cabida a los deseos e ilusiones particulares de cada grupo
de personas que decide poner en práctica sus ansias de vivir de
otra manera que no sea la de la sociedad occidental. Cuanto más
amplio sea este espacio teórico, siempre dentro del margen de preocupaciones
expresadas líneas arriba, más gente podrá amoldarse
a él y sin duda con mayor libertad para dar forma concreta a sus
propias exigencias. Y es aquí donde creo firmemente que las ecoaldeas,
además de contar con numerosas experiencias concretas que pueden
servir de modelo, encierran también ese espacio teórico
que puede servir como referencia a todas aquellas personas y colectivos
dispuestos a empezar una nueva forma de vida.
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Algunas
definiciones de ecoaldea
Antes de pasar a defender la validez teórica del modelo social
de ecoaldea, me gustaría mostrar algunas definiciones que se han
propuesto sobre lo que es una ecoaldea. Sin duda, una de las más
conocidas es la de Robert Gilman, del Context Institute, quien define
una comunidad sostenible o ecoaldea de la siguiente manera:
"Una ecoaldea es un asentamiento humano, concebido a escala humana,
que incluye todos los aspectos importantes para la vida integrándolos
respetuosamente en el entorno natural, que apoya formas saludables de
desarrollo y que puede persistir en un futuro indefinido".
Como no podía ser de otra manera, dada su brevedad, es una definición
vaga pero con el mérito de reunir en un corto espacio las ideas
fundamentales:
1. asentamiento humano, es decir con
casas e industrias situadas en un espacio concreto, no es por tanto
una comunidad virtual, aunque dicho espacio puede estar en el campo
o en una ciudad.
2. a escala humana, luego no es una ciudad
ni un barrio populoso, suficientemente pequeña como para que
todos se conozcan y para que la participación pueda ser directa,
pero suficientemente grande para que quepan en su interior una diversidad
de negocios que permitan una cierta autosuficiencia
3. con todos los aspectos importantes
para la vida, lo que incluye actividades agrícolas, artesanales,
formativas, culturales, espirituales, etc.
4. integradas respetuosamente en el entorno
natural, lo que recoge inquietudes ecologistas pero también humanas.
5. apoya formas saludables de desarrollo,
es decir en calidad y no en cantidad, busca aumentar la riqueza social,
pero no necesariamente monetaria, etc.
6. y puede persistir en un futuro indefinido,
en la línea de la regla de oro de los indios americanos: aquello
que hagas que siga siendo válido más allá de las
siguientes 7 generaciones.
Otra definición, igualmente interesante,
es la de Elisabeth Klein, quien en su artículo Defining a Sustainable
Community identifica cuatro características para que una comunidad
sea sostenible:
* Seguridad económica. Una comunidad sostenible incluye una variedad
de negocios, industrias e instituciones que son ecológicamente
sanas (en todos los aspectos), es viable financieramente, proporciona
formación, educación y otras formas de asistencia para ajustarse
a las necesidades futuras, proporciona trabajo y gasta dinero en la propia
comunidad, y permite a todas las personas tener voz en las decisiones
que les afectan. Además, en cuanto al consumo, una comunidad es
sostenible si el dinero de sus miembros se queda en la comunidad.
* Integridad ecológica. Una comunidad sostenible está
en armonía con los sistemas naturales, convirtiendo y reduciendo
los desechos en productos no dañinos e incluso beneficiosos y utilizando
la capacidad natural de los recursos ambientales para cubrir las necesidades
humanas, sin deteriorar esta capacidad con el tiempo.
* Calidad de vida. Una comunidad sostenible reconoce
y apoya las diferentes formas de percepción que la gente tiene
sobre el concepto de bienestar, lo que incluye el sentimiento de pertenencia,
el sentimiento de lugar, el sentimiento de autoestima, el sentimiento
de seguridad, y el sentimiento de conexión con la naturaleza, y
proporciona bienes y servicios de acuerdo a las diferentes percepciones,
dentro de las posibilidades existentes y de respeto a la integridad ecológica
de los sistemas naturales.
* Fortalecimiento y responsabilidad. Una comunidad sostenible
permite que sus miembros se sientan apoyados y fortalecidos, y distribuye
la responsabilidad que a cada uno le corresponde sobre la base de una
visión compartida, de la igualdad de oportunidades, de la habilidad
para conocer sus propias necesidades y de la capacidad para asumir el
resultado de las decisiones que le afectan.
Analicemos estos puntos. El primero remite a una búsqueda de la
autosuficiencia, al crear en el interior de la comunidad aquellas actividades
necesarias para la subsistencia, pero con una viabilidad financiera, es
decir sin depender a largo plazo del exterior, y al asegurar la participación
de todos los miembros en la creación de la riqueza común
(trabajo para todos). La autosuficiencia total no es ni posible ni recomendable,
pues el intercambio con otros grupos es fuente de riqueza cultural, pero
sí que es deseable en la medida de lo posible para evitar dañinas
dependencias del sistema tanto en el consumo como en el empleo. La inquietud
ecológica queda claramente reflejada en la búsqueda de una
armonía con el medio natural, utilizando los recursos naturales
dentro de sus márgenes de renovabilidad, evitando daños
irreversibles en el entorno. El tercer punto hace una alusión fundamental
al respeto por la diversidad que necesariamente ha de existir en toda
comunidad como único medio para garantizar su perdurabilidad. Toda
comunidad cerrada se acaba extinguiendo. Una comunidad sostenible o ecoaldea
ha de ser una comunidad abierta, en la que quepan personas con caracteres
e intereses diferentes, asegurando la diversidad cultural y espiritual.
Y ello supone que la comunidad ha de dar a todos sus miembros, y no sólo
a los de la corriente mayoritaria, respuesta a sus demandas en bienes
y servicios. Por último, en una ecoaldea cada persona ha de asumir
la responsabilidad que le corresponda en la distribución de los
espacios de poder, siempre en función de sus capacidades y partiendo
de una igualdad de oportunidades real.
La lista de trabajos y estudios sobre el concepto de ecoaldea o comunidad
sostenible se amplía cada día con nuevas aportaciones que
van definiendo los límites de este importante concepto, no sin
controversia o abierto conflicto. Pero como aquí de lo que se trata
es de defender este modelo en relación con otros existentes que,
a mi modo de ver, recogen sólo parcialmente alguna de las preocupaciones
mentadas más arriba, me centraré en lo que sigue en resaltar
aquellos aspectos que creo deben estar incluidos en una ecoaldea y que
de alguna manera faltan en los demás modelos (y me refiero esencialmente
a algunas colectividades rurales, a la mayoría de las comunidades
terapéuticas y espirituales y a muchas de las comunidades de inspiración
ecologista).
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La ecología de la ecoaldea
Para empezar por lo más simple, es claro que una ecoaldea tiene
especialmente en cuenta los aspectos "eco" en su desarrollo:
agricultura eco-lógica, eco-construcción, industrias no
contaminantes ni dañinas para la salud, materiales naturales, depuración
natural de aguas, energías renovables, reducción del transporte,
etc. Es ésta la gran aportación del ecologismo y, aunque
parezca incomprensible, todavía muchos colectivos que tanto reivindican
la lucha social o la recuperación de las cualidades espirituales
del ser humano, no se han percatado de la importancia de incorporar estos
aspectos en su vida diaria, ya que no de asumirlos como parte de su lucha
o de sus reivindicaciones. Algo que creo debe quedar claro es que el conservacionismo
(del entorno, de la biodiversidad) no es más que una parte de la
lucha ecologista. La mayoría de las reivindicaciones ecologistas
tienen una repercusión claramente social: se lucha por mejorar
nuestra calidad de vida, favoreciendo la recuperación y conservación
de entornos no degradados en los que poder vivir, exigiendo una alimentación
sana con productos adecuados a un clima y a un lugar determinado, evitando
el consumo desproporcionado de energía y de agua para disminuir
el impacto sobre el medio y para que ambos elementos sean accesibles a
todo el mundo, y no sólo para nosotros, privilegiados seres del
primer mundo.
Otra cuestión que conviene precisar: es cierto que en torno a lo
"eco" se está creando toda una industria que ofrece nuevas
tecnologías que añadir a nuestras "eco-vidas"
y que en ciertos casos sigue las pautas del capitalismo más estricto.
Una casa que incorpore lo más "in" en ecotecnología
puede estar fuera del alcance de la mayoría de la gente, y las
comunidades que se formen exclusivamente según estos "eco-principios"
no pueden ser de ninguna manera un modelo alternativo válido, que
ha de ser necesariamente accesible a todos. Sin embargo, conviene matizar.
Ni todas las empresas que ofrecen productos ecológicos siguen pautas
capitalistas, funcionando muchas de ellas con un modelo cooperativista
y no lucrativo, como es el caso de SEBA (Servicios Básicos Autónomos,
interesados en la electrificación en el medio rural desde un modelo
de autogestión), ni toda la ecotecnología es inaccesible
para la mayoría de la gente, como lo demuestra la existencia de
grupos como la TIA (Tecnología e Investigación Alternativas)
que ofrecen la posibilidad de dotarse de numerosos artilugios caseros
(neveras, cocinas y hornos, calentadores, molinos, etc.), que funcionan
con energías renovables, a partir del reciclado de cacharros de
la basura. De la misma manera, en bioconstrucción lo importante
no es tanto recurrir a materiales artificiales novedosos como recuperar
las viejas técnicas tradicionales con materiales locales. Y en
cuanto a la energía eléctrica, sea solar, eólica
o hidráulica, se trata en todo caso de utilizar la tecnología
existente de manera autónoma y autogestionada, evitando engancharse
a la Red (cuya existencia justifica la construcción de enormes
pantanos o de parques eólicos masivos, en lo que las grandes compañías
entienden por seguir la tendencia "eco"). Las ecoaldeas son
comunidades ecológicamente sostenibles y eso implica una autosuficiencia
energética, la construcción con materiales y técnicas
locales, el uso racional de los recursos existentes en la creación
de pequeñas industrias o artesanías, una agricultura que
ha de ser necesariamente permacultura, etc.
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Propiedad y lucha
social
Si pasamos ahora al segundo aspecto, el contenido social y político
de las ecoaldeas, será conveniente empezar con algunas aclaraciones.
Desde los ambientes más radicales se tilda a las ecoaldeas de no
incorporar la lucha social en sus planteamientos, e incluso de aceptar
posiciones claramente capitalistas. Ahora bien, la lucha social no implica
necesariamente enfrentamiento directo ni transgresión de la ley.
En ocasiones, enfrentarnos directamente a lo que nos oprime es la única
solución posible, aunque ello ponga en peligro nuestra integridad
física. Así, las luchas de determinados grupos ecologistas,
de los okupas, de insumisos, de parados, etc. son una necesidad ante la
falta de alternativas que deja el sistema. Pero ello no invalida un tipo
de resistencia que se hace dentro de la más estricta legalidad
y que en vez de estar dirigida contra algo, se encamina a construir algo
que una vez consolidado supone sin duda un auténtico bombazo en
la línea de flotación del sistema. Por ejemplo, podemos
luchar contra la propiedad privada "okupando" cuanto nos sea
posible, pero si nos quedamos ahí, sin legalizar la situación,
jamás pasaremos de un nivel de precariedad que impedirá
seguir avanzando en procesos constructivos. Una opción alternativa
es luchar por la legalidad de la "okupación" o comprar
colectivamente espacios privados, que de alguna manera quedan así
liberados de un uso privado de explotación y darles un uso diferente.
Este es el caso de las compras "liberadoras" que están
emprendiendo determinados grupos ecologistas. Y es el caso de la mayoría
de ecoaldeas existentes (valga como caso paradigmático la comunidad
danesa de Svanholm, donde más de 100 personas compraron colectivamente
un antiguo palacio, con más de 500 has. de terreno, por 600 millones
de pesetas, para crear una comunidad donde se comparte absolutamente todo).
No debemos olvidar en ningún momento que nuestro objetivo es crear
modelos sociales alternativos válidos para mucha gente, no sólo
para aquellos que están dispuestos a entender su vida como una
lucha directa continua, sino también para aquellos que simplemente
quieren apoyar lo iniciado por otros, que ya está contrastado y
que no entraña problemas legales. Así, en el tema del espacio
en donde se ubicará la comunidad, algunos defenderán la
idea de la "okupación" (y entre las ecoaldeas, muchas
de ellas empezaron "okupando"), pero otros preferirán
comprar los terrenos porque les da más seguridad. En otros casos,
se tratará simplemente de reconvertir un terreno existente, propiedad
de algunos, en el espacio comunitario.
Aunque el tema de la propiedad, privada o colectiva, ha levantado desde
siempre grandes pasiones, se me antoja en realidad secundario en relación
a problemas más acuciantes, como es el de la justa distribución
de la riqueza comunitaria. Determinadas formas de propiedad privada son
perfectamente compatibles con los ideales de justicia e igualdad que soportan
toda comunidad sostenible. Lo ideal es que cada grupo busque y encuentre
el equilibrio necesario entre lo privado y lo colectivo, sin que la comunidad
cercene las iniciativas individuales que tanto la pueden enriquecer, a
la vez que no queda supeditada a tales iniciativas, que han de aceptar
necesariamente un cierto compromiso social. El espacio vital de una comunidad
sostenible no puede ser ni una suma de parcelas individuales, ni un único
espacio común en el que se diluye toda iniciativa individual. Dicho
espacio ha de ser apropiado y reapropiado continuamente por aquellos que
lo habitan en múltiples formas y relaciones que han de cambiar
con el tiempo. Esta idea de "apropiación" del espacio
es fundamental para poder conjugar las aspiraciones individuales con las
comunitarias, rompiendo así el falso antagonismo entre igualdad
y libertad. Cabe recordar aquí que el grito de Proudhon "la
propiedad es un robo" iba acompañado de un no menor desprecio
por la propiedad comunitaria total, sin espacio para el desarrollo individual,
así como de una apuesta por formas de "posesión"
cambiantes en función de las circunstancias. En una ecoaldea todas
estas formas son posibles, pues lo importante, insisto una vez más,
es evitar la exclusión social y alcanzar un reparto justo de la
riqueza que todos contribuyen a crear. Lo que nos lleva a tratar otro
importante capítulo, el económico.
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La
economía de la ecoaldea
¿Qué tipo de economía ha de regir en una ecoaldea?
Como en el caso de la propiedad, sobran aquí maximalismos. Me gustaría
dejar claro que lo que caracteriza al capitalismo no es ni la existencia
de un mercado (más antiguo que el propio capitalismo) ni que los
concurrentes en dicho mercado sean individuos o grupos "privados".
Lo importante es que el mercado esta distorsionado a favor de unos pocos
que lo controlan, que poseen el capital y los medios de producción,
que impiden una competencia real con precios a su conveniencia (bajos
para hundir a pequeños comerciantes, altos cuando se alcanza la
situación de monopolio), que juegan con el actual sistema de préstamos
con interés para tener bien atados a quienes solicitan "ayuda"
(pequeños empresarios, todos los países del llamado "Tercer
Mundo") y que se aprovechan, hasta llegar a la explotación,
de todas aquellas personas que sólo disponen de sus manos para
concurrir en dicho mercado, obteniendo plusvalías vergonzantes
a costa del trabajo de otros. Esto es el capitalismo y todos conocemos
sus consecuencias. ¿Nos podemos enfrentar realmente a semejante
máquina, la más sofisticada que ha inventado el ser humano?
A falta de una revolución global que cambiara la cosas (y sobre
la que me siento particularmente escéptico) sólo cabe ir
conformando pequeñas estructuras alternativas que capten la atención
de los más conscientes y que, evidentemente, han de compartir ciertos
lazos con la macroestructura capitalista. Abraham Guillén, en su
Economía libertaria, califica estos pasos de "economía
de transición" hasta alcanzar un ideal en el que el capitalismo
ha dejado de existir. Ese ideal no se identifica en ningún caso
con una economía estrictamente comunista, que requeriría
una gran centralización y la creación de una enorme burocracia.
Se trata de partir de abajo hacia arriba, de pequeñas economías
locales con sus propios sistemas de producción y de intercambio
hacia economías regionales, suprarregionales, etc., caracterizadas
por la existencia de su propia forma de mercado, adecuada a cada nivel
y en el que cada grupo concurriría en igualdad de condiciones.
En cada nivel, los participantes en ese "mercado autogestionario",
pueden decidir cómo llevar a cabo los intercambios, con o sin dinero,
trueque de objetos o también de servicios, etc. Si se utiliza el
dinero, se trataría de un dinero no inflacionario y libre de intereses
(es decir, una simple unidad de cambio). Dentro de cada comunidad existiría
un amplio margen para organizar la producción, variando desde la
existencia de una única empresa (toda la comunidad) con diversidad
de funciones, hasta el caso de una comunidad en la que todas las actividades
productivas estuvieran en manos "privadas", lo cual no quiere
decir que exista el trabajo asalariado, sino que cada actividad productiva
es asumida por un grupo de personas que se organizan por su cuenta, asignando
roles según las habilidades de cada uno, pero sin caer en la jerarquización
o en la sumisión. En este último caso –para mi el
más interesante–, las empresas así formadas deben
asumir un cierto grado de compromiso con la comunidad en su conjunto:
en tanto que son generadoras de la riqueza comunitaria, a la que todos
los miembros de la comunidad tienen derecho, no pueden tener beneficios
"privados"; en tanto que abren líneas de realización
personal en una actividad productiva satisfactoria a la que todos tienen
derecho, no pueden dejar a nadie excluido, priorizando la integración
humana sobre la "rentabilidad" económica. (Sobre este
tipo de empresas, que se vienen denominado "empresas solidarias"
o "de interés social" se dispone de varios artículos
en español creados por la Red de Economía Alternativa y
Solidaria, REAS).
Todas las ecoaldeas existentes (o que merecen dicho nombre) tienen en
cuenta los criterios del párrafo anterior, priorizando la seguridad
económica de todos sobre el interés individual, evitando
la explotación y creando condiciones de trabajo en las que todos
participan y deciden (por supuesto, dependiendo del grado de responsabilidad
que cada uno quiera asumir). Pero todavía hay más: casi
todas ellas participan directamente en la creación o consolidación
de estructuras económicas y financieras alternativas al capitalismo:
sistemas de trueque (LETS), redes de financiación local, bancos
alternativos, empresas solidarias y de inserción, dinero sin intereses,
etc. Es cierto que pocas tienen una economía totalmente colectiva
–como las colectividades rurales o ciertas comunidades religiosas–,
pero ello no invalida su apuesta, primero porque no siempre es posible
ni bueno una economía así, y segundo, y más importante,
porque lo que realmente cuenta es garantizar la seguridad económica
de todos, sin desequilibrios lacerantes, en una decidida búsqueda
por lograr una retribución justa de la riqueza social.
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Estructuras
sociales y políticas
Las ecoaldeas no sólo están comprometidas en la creación
de estructuras económicas alternativas al capitalismo, sino que
trabajan también por la puesta en marcha de estructuras sociales
no competitivas, integradoras, antipatriarcales... La educación
de los niños y la formación permanente de adultos son temas
muy estudiados en las ecoaldeas, sensibles a las indicaciones y orientaciones
de las diversas escuelas que han trabajado estos temas. No pocas ecoaldeas
cuentan con sistemas educativos propios, con o sin escuela, huyendo así
de la estandarización y deformación de los sistemas educativos
nacionales. Todas ellas son conscientes de la importancia de educar en
libertad para formar niños que sepan ser libres y responsables.
Y todas ellas son conscientes de que los adultos debemos someternos también
a un reaprendizaje continuo, con el fin de eliminar poco a poco todos
los tics heredados de nuestro paso por el sistema social occidental. La
educación de adultos no consiste solamente en aprender nuevos conocimientos
o técnicas, importantes para la vida comunitaria, y que no nos
enseñaron en la escuela. Es más una educación para
aprender a convivir, para llevar una vida más saludable con los
demás y con el entorno natural. En este punto, educación
y salud se dan la mano, pues nuestra salud física es inseparable
de nuestra salud mental y esta última se mantiene en mejores condiciones
si estamos formados para ello.
Se trata sin duda de un tema importante, y que sólo recientemente
está entrando sin tapujos en el mundo radical. Demasiados prejuicios
contra el mundo "psi", debidos en parte a la preponderancia
que las escuelas filosóficas marxista y anarquista han dado a la
conciencia racional, en la estela de Descartes, Kant y Hegel, han impedido
hasta hace poco que desde las colectividades y comunidades radicales se
tenga una mejor comprensión de los procesos de grupo y de los estados
anímicos individuales que resultan de tales procesos. La convivencia
se ha visto dificultada en estos ámbitos por la presencia de yoes
dominantes, quienes abusando de una determinada posición de poder,
o de un elevado dominio de la palabra, se han servido de ellas para imponer
sus preferencias, desvirtuando así el teórico carácter
asambleario de la toma de decisiones y provocando en muchos casos la retirada
de quienes se han sentido incapaces de contrarrestar ese poder. Es triste
observar cómo muchas comunidades radicales que comenzaron con una
enorme ilusión se han deshecho al poco tiempo por la presencia
de conflictos que no se ha sabido encarar, sobre todo por falta de herramientas
y técnicas contra las que nos mostramos muy reticentes. Afortunadamente,
desde grupos como Sumendi (Asociación por la Autogestión
de la Salud), se empiezan a difundir técnicas, que van siendo cada
vez más aceptadas –es el caso de la Coescucha–, y que
han de contribuir sin duda a dar estabilidad a las comunidades jóvenes.
Cabe decir que esta preocupación no es ajena a las ecoaldeas. De
una u otra manera, casi todas ellas están desarrollando sus propios
métodos para resolver conflictos, que en última instancia
tienen que ver con luchas de poder y con la "gobernabilidad"
de la comunidad. Pero es cierto que se trata de un punto que anda con
cierto retraso en relación a otros más avanzados (como es
el caso de los aspectos "eco"). Conviene no olvidar que el mayor
desafío para la sostenibilidad de una comunidad se halla en el
ámbito de los procesos de grupo, en las relaciones interpersonales
y en las interacciones sociales. A largo plazo nada es sostenible si sus
miembros no saben cómo cooperar, comunicar y comprometerse. "Compromiso"
no quiere decir abandonar valores esenciales, sino más bien aprender
a adaptarse a diferentes percepciones y a necesidades variables, encontrando
soluciones que abarquen la diversidad de la manera más creativa
posible. Por supuesto, cada ecoaldea habrá de vérselas también
con sus ecoaldeas vecinas, surgiendo así el más amplio asunto
de la tolerancia social. Y más dinámicamente, el apoyo afirmativo
y real a vecinos y a comunidades que optan o están inmersos en
un estilo de vida diferente del nuestro.
La dificultad de la gobernabilidad nos revela la complejidad de un tema
del que sabemos realmente muy poco, acostumbrados como estamos a funcionar
en un modo jerárquico o por delegación, sin necesidad de
asumir nuestra responsabilidad política como miembros de un colectivo
social. Sobra decir que todas las ecoaldeas tienen una estructura política
basada en la participación de todos, en la confianza para delegar
en otros cuando así se ha decidido, en la transparencia informativa,
en la comunicación clara y directa y en la distribución
de responsabilidad, asumible según los deseos y capacidades de
cada uno. Más allá de esto poco se puede decir. Se ha discutido
hasta la saciedad sobre los pros y los contras del modelo asambleario,
de los peligros y ventajas de la delegación, de cómo hacer
para buscar el consenso, etc. No hay respuestas únicas. Aceptados
los principios de actitud anteriores, es cuestión de cada grupo
el crear las estructuras decisorias que más le convengan. Por supuesto,
ninguna evitará los conflictos de poder, pues como claramente nos
ha enseñado Foucault, los dispositivos de poder no están
únicamente en las instituciones visibles, sino que impregnan de
manera sutil el entramado de relaciones que se establece en todo colectivo,
organizándose muchas veces en torno a ciertos saberes de los que
alguien o algunos son los detentores.
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Las identidades colectivas y la espiritualidad inmanente
Para que una comunidad sea sostenible, es decir para que pueda perdurar
en el tiempo conservando e incluso mejorando el espacio que la contiene,
no basta con implantar una serie de tecnologías "eco"
ni con crear estructuras políticas y sociales realmente democráticas
e innovadoras. Se necesita algo más. Se necesita crear una identidad,
posiblemente variable, pero capaz de estimular el deseo de pertenencia,
liberando fuerzas integradoras basadas en el respeto, la tolerancia y
el apoyo mutuo, conformando ritos, celebraciones y actos festivos que
contribuyan a reafirmar esa identidad colectiva. Todos somos conscientes
del peligro de las identidades colectivas que funcionan por exclusión
(nacionalismos y fundamentalismos varios), pero no todas las identidades
colectivas comportan algo negativo, y sin duda son necesarias. La sociedad
capitalista occidental está generando poderosas fuerzas desintegradoras,
que están acabando con los pocos núcleos de autoapoyo y
seguridad existentes –la gran familia, el barrio, la aldea, etc.–,
cuyas consecuencias son un recrudecimiento de las opciones individualistas
y una reafirmación colectiva aunque impersonal a través
del consumo –las únicas posibilidades de identificación
actuales se realizan a través del gusto, indefectiblemente ligado
a un consumo–. En el otro extremo se hallan todos los inadaptados
del sistema, aquellas personas que, despojadas de los atávicos
lazos que antaño conformaban las identidades grupales, no han sabido
amoldarse al cariz de los nuevos tiempos y se dedican a vagar por el espacio
urbano dejando una amplia huella de su insatisfacción, con marcadas
frustraciones personales y, en determinados casos, con fuertes desestructuraciones
psíquicas. No nos engañemos, no somos tan fuertes como para
vencer en solitario los golpes que nos da la vida, ni las magras recompensas
de la tan aplaudida ambición personal (en la línea de la
ética utilitarista que subyace al capitalismo) nos han de salvar
de un naufragio cantado. Necesitamos de los demás, y necesitamos
identificarnos con ellos, reconocer sus carencias y sus afectos y sentirnos
reconocidos en las suyas.
Una comunidad sólo puede perdurar si es capaz de poner los medios
para que el aglutinante o la llama que la sostiene no se extinga, si es
capaz de reinventarse continuamente a sí misma como comunidad,
teniendo cuidado de no caer en la apatía y el desinterés
general. Y para esto son importantes los ritos, las celebraciones y las
fiestas. La antropología nos ha mostrado claramente el sentido
de los ritos en las comunidades primitivas. Los tiempos han cambiado,
los ritos también. Pero eso no quiere decir que hayan desaparecido.
Cada colectivo tiene sus propios ritos, en algunos casos no son más
que adaptaciones de ritos antiguos que se asumen como propios, en otros
se trata de ritos nuevos, tal vez más acordes con el origen social
de quienes participan en ellos. Gracias a todas estas manifestaciones
externas se reactualiza el deseo de pertenencia a un grupo, al hacernos
sentir más cerca de los demás, más fuertes en nuestra
confirmada unidad, más seguros con nosotros mismos. Independientemente
de los motivos por los que se decide vivir en comunidad (ecológicos,
políticos o espirituales, o por una mezcla de todos ellos), más
allá del acercamiento intelectual que permite el acuerdo o el sereno
debate sobre contenidos teóricos, se necesitan otros instrumentos
para dar forma a la corriente de flujos afectivos que recorre toda comunidad,
algo que permita hablar a los cuerpos en su propia búsqueda de
sintonía más allá de la palabra. Esto es el rito,
la fiesta, la cálida corriente energética que se eleva por
encima de cada yo particular para conformar, aunque sólo sea por
unos instantes, un ser más fuerte del que todos nos sentimos partícipes.
Y esto es también la espiritualidad, tal y como yo la interpreto.
Nada de dioses transcendentes, por muy antropomorfizados que estén.
Nada de sacerdotes ni de gurús ni de líderes espirituales,
por muy cercanos que se nos quieran presentar. Nada de palabras sagradas,
ni de rituales que nos comprometen con un "Más Allá".
Pura corriente inmanente, que cristaliza en determinados actos de sentido
compartido. Creo que hasta aquí la espiritualidad es algo que todas
las personas podemos compartir, al menos todas que no han hecho de la
razón su propio dios. Y creo también que en este sentido
es una componente importante en toda comunidad sostenible, y que desde
luego no falta en ninguna ecoaldea. Si en ocasiones se halla ausente de
ciertas comunidades radicales, probablemente se deba a una falta de comprensión
sobre los supuestos de la espiritualidad inmanente. Otra cosa distinta
es la creencia o la fe en un conjunto de ideas externas a nosotros (que
se nos presentan por tanto como un dogma), inventadas por personajes históricos
o actuales y que suelen ir acompañadas de ciertos ritos de comunión.
No es necesario que tales ideas contengan la noción de un Dios,
más o menos antropomórfico, entre sus premisas: conceptos
como Espíritu, Energía o Unidad puede jugar dicho papel.
Lo que caracteriza a la religión (que es de lo que estamos hablando)
es la sustitución o complementación de un discurso racional
(asumible por todos los seres humanos) por otro discurso que sólo
es asumible por los creyentes, pues ninguna evidencia racional o sensible
lo confirma, salvo la de la propia predisposición a creerlo (lo
que sin duda puede alterar en el creyente la sensibilidad receptiva y
las formas de representación). Muchas comunidades espirituales
son, según la explicación anterior, comunidades religiosas,
con sus gurús y sus textos sagrados. En la medida que tales comunidades
se construyen sobre creencias que implican una subordinación o
sumisión de unas personas a otras, llegando a crearse estructuras
jerárquicas inmóviles, no pueden considerarse como ecoaldeas,
pues tales posiciones entran en abierto conflicto con lo que hemos dicho
en apartados anteriores. No estoy diciendo con ello que en una ecoaldea
no quepan actitudes religiosas –todavía mucha gente necesita
de la religión, incapaces de afrontar desde adentro las grandes
preguntas de la vida, consolándose con respuestas que les vienen
de afuera–, simplemente mantengo que tales actitudes se han de tratar
como opciones individuales, que no tienen por qué afectar a la
comunidad en su conjunto. La aconfensionalidad es un ingrediente necesario
de toda ecoaldea, como lo es también el respeto por toda opción
religiosa individual.
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Conclusión
La razón fundamental para escribir este texto era confrontar el
concepto de ecoaldea, como modelo social alternativo al sistema capitalista,
con otros modelos existentes basados también en la idea de comunidad,
con la intención de mostrar sus ventajas y sus límites,
su viabilidad como modelo real y sus posibilidades para acoger a un importante
número de personas que, carentes de grandes creencias y de excesivos
compromisos teóricos, son capaces, sin embargo, de apostar por
un estilo de vida diferente, comprometiéndose en la práctica
con un día a día sin duda difícil y no exento de
riesgos. No son cuatro locos, ni marginados sociales –aunque bienvenidos
sean unos y otros–, tampoco son élites privilegiadas por
su situación económica y exclusivamente preocupadas en aumentar
su bienestar, son gentes normales, con las normales preocupaciones de
quien no soporta más el ritmo de vida que nos impone la sociedad
actual. Vivir en una ecoaldea es su forma de lucha, a la vez que no es
más que su forma de vida. Sus intereses, deseos, ambiciones, son
sin duda diferentes unos de otros, su manera de plasmarlos en la práctica,
también. Su coexistencia en un mismo espacio sólo será
posible si somos capaces de agrandarlo en intensión, ya que no
en extensión. El reto futuro de la humanidad es aprender a convivir
en la diversidad y en espacios pequeños, tantos como somos. La
ecoaldea me parece el espacio ideal para dicha convivencia, pues recoge
en un mismo lugar –sigo con las palabras de R. Gilman– todos
los aspectos importantes para la vida, integrándolos respetuosomante
en el entorno natural, y apoyando formas saludables de desarrollo. Por
eso creo que es el futuro.
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